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“Lo que es el Evangelio”
Ro. 1: 1-5
El cristiano promedio hoy día no está viviendo la vida en Cristo conforme a los propósitos que él establece en su evangelio, porque una de las grandes limitaciones que tenemos es que no hemos logrado comprender las profundas verdades, que acerca del vivir espiritual este nos enseña. El hombre natural, sin Cristo, vive ajeno a la salvación que Dios ofrece en Jesús, vive ciego, sin conciencia de espiritualidad alguna, y necesita la luz del Señor, la cual el cristiano esta llamado a llevarle. Pero, ¿Cómo llevar una luz, que no se comprende? ¿Cómo hablar de un evangelio que no se entiende? Verdaderamente necesitamos ahondar en el conocimiento claro de lo que realmente es el evangelio.
I.- EL EVANGELIO DEL NUEVO TESTAMENTO ES LA MISMA BUENA NUEVA DE DIOS PROMETIDA EN LAS ESCRITURAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO. (v. 1, 2)
Jesucristo es el tema y el Autor del evangelio, pero el evangelio comenzó mucho antes del nacimiento de Jesús. El evangelio comenzó hace mucho tiempo en la mente y plan de Dios, y Dios anunció la venida del evangelio (Su Hijo) por medio de los profetas de antaño. Marcos dice en su escrito acerca del evangelio: “Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Como está escrito en Isaías el profeta: He aquí yo envío mi profeta delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti. Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas” (Mr. 1: 1-3). Jesús aconseja: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Jn. 5:39). Pablo predicaba: “Pero habiendo recibido auxilio de Dios, persevero hasta el día de hoy, dando testimonio a pequeños y grandes, no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder” (Hch. 26: 22). El escritor de la carta a los Hebreos testifica: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo por los profetas, en estos postreros tiempos nos ha hablado por el Hijo” (He. 1: 1, 2). Pedro enseñaba: “Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos” (1 P. 1: 10-11). “Entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 P. 1: 20-21).
II.- EL EVANGELIO ES LA ENCARNACION DEL HIJO DE DIOS, JESUCRISTO NUESTRO SEÑOR. (v. 3-5)
El Evangelio tiene que ver con el “Hijo de Dios”, “Jesús”, “Cristo”, “Nuestro Señor”. Él es al mismo tiempo el tema y el Autor del evangelio. Por Él y por medio de Él es creado y proclamado el evangelio. Él trae las buenas nuevas de Dios al hombre. Es la encarnación misma de las buenas nuevas de Dios mismo. Partiendo de esto el evangelio tiene que ver con dos verdades gloriosas:
Era la simiente de David; esto es, en cuanto a hombre, nació siendo un descendiente de David. David fue el más grande de los reyes de Israel; fue uno de los más grandes entre los antepasados de Jesús. El punto central es este: Dios envió a su Hijo al mundo hecho carne humana. La palabra “fue hecho” quiere decir llegar a ser. El Hijo de Dios llegó a ser hombre –carne y sangre- como todos los demás hombres. ¿Cuál es el beneficio para nosotros los hombres? Él padeció todas las tribulaciones de la vida que nosotros sufrimos. Él es poderoso para socorrernos en todos los padecimientos de la vida. “El Verbo (el Hijo de Dios) fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1: 14). “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidunbre. Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (He. 2:14-18).
Jesucristo era el Hijo de Dios antes que viniera al mundo. Sin embargo, desde su venida declaró ser el Hijo de Dios por dos cosas.
Era la encarnación misma de la santidad, de la pureza, la moralidad y la justicia. Su vida en la tierra demuestra el hecho. Vivió como un hombre por más de treinta años y nunca pecó. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).
Todos los demás hombres mueren y desaparecen. La demostración se hace con una sencilla pregunta: ¿Dónde están? ¿Dónde están nuestras madres, nuestros padres, nuestros antepasados? Cuando dejan este mundo no los volvemos a ver en la tierra. Pero no ocurrió así con Cristo. Murió, pero resucitó y anduvo nuevamente sobre la tierra. Y hoy Jesucristo vive para siempre en la presencia de Dios. La muerte no lo retuvo porque era el Hijo de Dios y poseía el perfecto Espíritu de santidad. ¿Qué quiere decir para nosotros la resurrección de Cristo? Tenemos verdadera esperanza de una vida mejor, Vida Eterna. “Al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella” (Hch. 2:24). “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hch. 2:36). “El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste Dios le ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados” (Hch. 5:30-31). “Declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos” (Ro. 1:4). “Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor de los muertos como de los que viven” (Ro. 14:9). “(El poder de la fuerza de Dios) que operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales” (Ef. 1:20). “Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Fil. 2:8, 9).
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